Hace exactamente una semana, le dijeron a Luisa que estaba enferma. Le hablaron de un pre cáncer, le contaron de una displasia, de unas células que habían mutado y de una conoscopía.
Al salir del consultorio ella tenía muchísimas ganas de llorar pero pudo aguantarse un poco porque le avergüenza llorar frente a extraños, incluso frente a extraños tan amables como la doctora Carolina; durante el elevador una mujer de la limpieza bajó con ella y una vez más debió distraerse para no llorar, un pie fuera del ascensor y vio ahí sentado a su novio Samuel, se sintió aliviada por un momento y se obligo a postergar una vez mas el llanto, quería portarse aunque sea medianamente valiente frente a él.
Luisa quería una gelatina. Siempre que estuvo enferma de niña, su nana Teté le preparaba gelatinas. Una vez que se despidió de Samuel, Luisa pudo llorar en su auto camino al trabajo, como casi siempre lo hace porque ahí es difícil que la vea alguien que le importe que la vea. Se detuvo en un oxxo a comprar una cajetilla de cigarros y recordó la etiqueta que presumía que el cigarro causaba cáncer. Su paleativo por excelencia había quedado anulado.
Lo que siguió, pasó rápido y confusamente, la gente le dice a Luisa –entre llantos- que todo va a salir bien y ella siente que todo le duele un poco más cuado mira el dolor de los que quiere. También le duele cuando se acuerda que ha asumido cosas que no sabe si podrán pasar en el futuro y le duele cuando tiene mucha hambre y no puede comer lo que quiere porque tiene que fijase en que sea algo nutritivo y de preferencia que no tenga conservadores.
Mucho le dolió cuando supo que por un largo rato no iba a poder estar con su novio como normalmente están en la cama, pero el siempre sabe como reconfortarla y eso la hace sentir mucho mejor.
Luisa sabe que es probable que Samuel también la esté pasando difícil, y sabe que quizá ella cometió un error al decir que la gente que llorando la trataba de consolar no la estaba consolando del todo. Le preocupa verlo desesperadamente optimista.
En días como ayer, Luisa no tiene para nada ganas de ir a la escuela ni de que la gente la vea llorar ni de que sus amigas le reclamen nada, siente que a ratos anda caminando en modo automático, pero es necesario, porque si se conectara a todo momento con la realidad gastaría mas pañuelos desechables de los que ha gastado y eso sería un desperdicio enorme de papel, por eso Luisa a veces se aguanta todo el día y solo llora cuando se esta bañando, porque así no sabe cual lágrima es suya y cual de la regadera y además no desperdicia papel afectando la ecología que tanto le preocupa.
Hubo un día en el que Luisa se despertó y pensó que ese día lo quería ver como lo vería una persona optimista y se dijo que después de su operación todo iba a regresar a la normalidad y que esta era su oportunidad para tener un estilo de vida más saludable y eso era todo, mas adelante debió cancelar un viaje que era muy importante para ella, y se dijo que no importaba, que ella debía sentirse feliz porque estaba cuidando su salud, pero esta vez no se creyó lo que se dijo y se volvió a molestar.
Alba, la hermana, es como su cómplice y Luisa sabe que tiene todo su apoyo, Alba le dio uno de los mejores consejos que alguien le pudo dar cuando le dijo que no pensara que tenía los días contados, pero que si a pesar de toda evidencia tenía esa sensación, entonces debía vivir con intensidad. Por eso a veces cuando Luisa se ríe un poco con alguna amiga, trata de esforzarse por reír mas tiempo y más fuerte.
Alguien, a quien Luisa quiere mucho, y de quien se ha distanciado por circunstancias de ocupaciones, le preguntó si tenía fe, y ella le contestó que sí, para no entrar en discusiones porque le daba mucho trabajo discutir cuando el llanto le robaba el aire, pero Luisa sabe que no era del todo verdad en ese momento, que estaba enojadísima con lo que ella llamaba Dios y que prefería no hablar con él ni de él en esos momentos, tal como lo hacía con Samuel cuando estaba muy enojada. La diferencia es que Dios no insistía tanto como Samuel en saber la razón de su enojo, porque Dios la adivinaba (así como a ratos deseaba Luisa que lo hiciera Samuel), y solo esperaba paciente a que ella quisiera hablar con él.
Él (Dios) y la abuelita de Luisa se llevan bastante bien, pero Luisa sabe que ni esta amistad será suficiente para que la reciente noticia no afecte a su abuelita a quien ella creía que quería más que a su vida, pero que ahora que siente que su vida está en peligro real, se da cuenta de que en realidad las quiere igual a las dos (a la vida y a la abuela).
Luisa no puede estar mucho rato enojada con las personas que quiere, aunque si puede estar intensamente enojada en pequeños lapsos de tiempo.
Hoy hacen falta exactamente quince días para que Luisa sepa si una operación resolverá en parte sus problemas, o si las cosas serán distintas esta vez.
Anoche Luisa soñó que las cosas si se resolvían y que ella iba a poder estar como esas mamás jóvenes y muy guapas que mientras cargan a su bebé se van de compras y seleccionan las mejores verduras para que el pequeño esté bien alimentado. O como esas mujeres jóvenes y guapas (que todavía no son mamás pero que si van a poder serlo un día si así lo quieren) que tienen un buen empleo y se visten como quieren y tienen un su casa un espacio para hacer cosas creativas, y que se sienten felices por la mañana cuando salen al balcón en calzones a tomar café, y no están pensando en que éste puede hacerles daño.