
Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio.
Proverbio hindú
Pocas costumbres sociales me son tan molestas como la falta de respeto que se comete al hablar mientras otra persona lo hace. Ya sea en el teatro, en el cine, en una clase o mientras se mira televisión.
De todas mis mañas y manías, esta es con la que más tiempo convivo, pues afortunadamente mi vida académica de alguna u otra manera no se ha interrumpido desde el preescolar, y es ahí donde aprendí muy bien que es únicamente propio de los mercados hablar a voz en grito a la vez que otro lo hace.
Desconfío de las buenas costumbres, prudencia e inteligencia de quien mientras un profesor da cátedra, se atreve a hablar con tal volumen y durante tal rato, que pareciera vivir en un universo paralelo unipersonal. Es para mí un claro indicador de prepotencia pues implica que nada de lo que está siendo dicho por el emisor es lo suficientemente importante para permanecer en silencio y que vale más compartir con la persona de alado la idea que en ese momento transita por la propia mente.
La escena me resulta familiar: miro la cara del profesor, procurando no distraerse por el ruido, le imagino, quizá incrédulo o sorprendido, tal vez incómodo. Miro también a la persona que habla, emitiendo palabra tras palabra sin el más mínimo sonrojo.
A esto, los diferentes catedráticos responden de distintas formas. Algunos aguardan en silencio, consientes de que la más elemental educación indica que en el ciclo de la comunicación, es necesario, para que no se pierda el mensaje, que interlocutor y receptor alternen su turno para emitir la palabra. Muy pocos son aquellos que se respetan lo suficiente como para señalar a sus alumnos que existen lugares más apropiados para el chisme y el chascarrillo.
Otros profesores continúan con su discurso intentando sortear la distracción que la conversación ajena les provoca e imagino que sorprendidos para sus adentros de que esta situación ocurra en niveles muy lejanos al preescolar.
No los culpo, yo misma, experimentando la famosa “pena ajena” ante esta situación, me cuestiono desde el actuar adecuado, hasta la posibilidad de que los irrespetuosos ignoren del todo las convenciones sociales y actúen por desconocimiento total. A sabiendas de esto, algunas veces les miro impaciente, en otras ocasiones, reprimiendo las ganas de lanzarles un zapato, les suplico gutural o cordialmente que me permitan escuchar la clase.
Las reacciones del ruidoso son diversas, van desde el “ruidoso consciente”, que pide disculpas y guarda silencio, hasta el “ruidoso indignado”, que pareciera no comprender la afrenta a su libertad de expresión y condena con la mirada a quien osa callarle.
Yo, que no soy siempre la calladora, respiro aliviada y agradezco con la mirada a quien me ha dado unos minutos más de placentera escucha y me pregunto porqué, siendo tantos los que pensamos así, no unimos fuerzas para levantar al ruidoso (silla incluida) y llevarle a su hábitat natural, un parque o un café.

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